Guía básica sobre el ají picante: todo lo que un vegano necesita saber

Cuando sabes consumirlo y conoces sus propiedades, el ají picante puede ser uno de esos ingredientes que no deberían faltar en tu nevera, y, por supuesto, en tu mesa. La verdad es que en nuestro país el consumo de este fruto no es tan alto ni extendido como en otros de nuestra región (digamos, México, Bolivia o Perú), pero nos ha acompañado desde tiempos prehispánicos. En nuestra sociedad, el picante divide a las personas: quienes lo aman y quienes no lo soportan. Si eres uno de los primeros, este post te va a encantar. Si eres uno de los segundos, lee con atención porque a lo mejor te interesa.

Se dice que el ají picante proviene de la Amazonía, y que de ahí se extendió por los Andes, y, de ahí, por toda Centroamérica y luego al mundo entero. Para los Mayas y Aztecas, el ají picante (ellos le dicen chile, una palabra náhuatl, y nosotros usamos ají, una palabra amazónica) era un ingrediente básico de la gastronomía. Lo usaban, sobre todo, para consumir los alimentos que estaban a punto de dañarse, debido a que el picante disimulaba un poco el mal sabor. Los aztecas también lo usaban, e incluso lo mezclaban con el chocolate (sí, es en serio). Cuando los españoles entraron en contacto con estas civilizaciones, quedaron fascinados por los sabores y niveles de picante, y de ahí los llevaron a Europa y a otras regiones del mundo en donde han prosperado desde entonces.

Las propiedades del ají son muchas. Empecemos por aclarar que es un fruto, y, como muchos de sus semejantes, es bastante rico en vitamina C. Esto significa que la cantidad de vitamina C que necesita tu cuerpo todos los días puede ser suplida fácilmente con un poco de pique en tus empanadas. Si estás consumiendo granos, como las lentejas, añadir un poco de ají le garantizará a tu cuerpo una mayor absorción de hierro en esa comida y te ayudará a salir de una de esas gripas que duran varios días (a que no te sabías esa).

aji rojo y veganismo

Es rico en fibra, y se dice que favorece mucho al sistema gastrointestinal; por esta razón, muchos médicos lo recomiendan para tratar problemas de colon. Mientras menos procesado esté, mucho mejor. Las salsas de ají que encontramos en el mercado, y que a veces te ofrecerán en los restaurantes veganos de Medellín, suelen ser industriales y contienen, entre otros añadidos, mucho vinagre, lo cual te puede producir acidez. No obstante, cuando consumes ají en fruto, sus características esenciales te pueden ayudar a sanar, incluso, úlceras gástricas. Entre otros minerales, contiene magnesio, manganeso, hierro, calcio, sodio, yodo, azufre, y vitaminas A, B1, B2 y B6.

Pero eso no es todo. Cuando consumes un poco de ají picante en cada comida, tu cuerpo procesa mejor las grasas (lo cual, a la larga, significa una pérdida de peso) y te ayuda como analgésico natural. Esto último se ha explorado mucho en la industria cosmética: existen cremas con extractos de ají que ayudan a aliviar dolores musculares. Ah, y tiene propiedades antioxidantes (en caso de que no estés comiendo suficientes uvas ni arándanos) y anticancerígenas (por si quieres vivir más tiempo).

El nivel de picante se mide gracias a la escala de Scoville, un sistema diseñado a principios del siglo pasado que consiste en medir la concentración de la capsaicina, el compuesto químico presente en los ajíes que le da el picor. En un principio, el método consistía en diluir el extracto de un fruto de ají en una solución azucarada, e ir añadiendo más cantidades de esta hasta que se perdiera su picor. De esa manera, se determinó que el ají jalapeño tenía ocho mil unidades en la escala, pues tuvieron que diluir el extracto unas ocho mil veces antes de que perdiera su picor. Si eso te suena a mucho, sostente bien, porque el rocotto que encuentras en el supermercado tiene unas cien mil unidades, el habanero unas trescientas mil, y hay ajíes, como el Naga Jolokia, el Carolina Reaper o el temible Pepper X, los cuales son productos de la hibridación humana, con más de un millón de unidades en la escala de Scoville. ¿Y hay gente que se los come? Sí, de hecho, hay competencias como esta:

¿Qué puedes hacer si no te gusta el picante, pero quieres empezar a comerlo? Bueno, la verdad es muy sencillo. Lo primero es no llevar a tu lengua más allá de sus límites. Si el jalapeño es suficiente para ti, prueba comprar algunos frutos, licuarlos en un encurtido de tu gusto, y añadir pocas cantidades en tus comidas todos los días. Con una cucharadita basta. Poco a poco te darás cuenta de que no te pica tanto, entonces vas a necesitarlo, y a añadir algunas cucharaditas más. Tiempo después, te pasarás al chile de árbol, al habanero… ¡y a pruebas más duras!