Hongos: los grandes aliados del mundo vegano

De todos los reinos biológicos, el de los hongos (o fungui) es uno de los más sorpendentes. No son animales ni plantas: están en un extraño punto intermedio. Su comportamiento en la naturaleza es tan complejo, que todos los días se aprenden aspectos nuevos de estos maravillosos seres. Se dice que en el subsuelo de los bosques y selvas se encuentran redes intrincadas de hongos que los árboles y plantas usan para comunicarse y repartirse nutrientes (incluso, a kilómetros de distancia), y que se desarrollan de una forma muy parecida a la de nuestro sistema nervioso. De hecho, se dice que la cantidad de especies de hongos supera a las de las plantas, y que, sin estos, la vida en la tierra sería sencillamente imposible. Pero, más allá de todas las bondades que ofrece este reino biológico en lo natural, la verdad es que los seres humanos podemos aprovechar muchas otras para solucionar algunos de los grandes problemas que nos aquejan, empezando, cómo no, por el de la alimentación.

Dicen que todos los hongos son comestibles; muchos de ellos, por lo menos una sola vez en tu vida. No obstante, los que sí puedes repetir, suelen ser una excelente fuente de alimento, que podríamos incluir en la lista de lo que no debería faltar en tu despensa. Es muy común encontrarlos en los platos de los restaurantes veganos de Medellín, y no es casualidad. Además de que los hongos comestibles (como los champiñones, las orellanas, los portobellos o los shitakes) pueden ser increìblemente deliciosos, en realidad son bastante nutritivos. Aportan proteínas, vitaminas (sobre todo del grupo B) y minerales tan variados como el hierro, el fósforo, el zinc o el magnesio. Los hongos son muy versátiles, y, con ellos, puedes preparar una amplia gama de recetas; desde sopas hasta hamburguesas, desde pasabocas (con salsa pesto… vegana, claro) hasta ceviches vegetarianos, risottos o ensaladas marinadas en vino blanco. Es cuestión de ensayar diferentes recetas y aprender muchas nuevas en internet o en cursos de comida vegana.

Sin embargo, esta puede no ser su única función. Se ha descubierto un hongo amazónico capaz de procesar los compuestos químicos del plástico, y esta podría ser una buena solución para eliminar gran parte de la producción de este material que tantos dolores de cabeza nos produce, y que se toma tanto tiempo en desaparecer. Las islas de basura en los mares crecen, y están compuestas en gran medida de plástico. Las partículas de microplástico están presentes hasta en el aire que respiramos. Se han encontrado en lugares tan remotos como la cima de los Alpes suizos, así como en la sal marina que consumimos frecuentemente, e, incluso, en la leche materna. El problema del plástico está afectando mucho la vida en el planeta y hacen falta soluciones reales. Esta puede ser una de ellas, y no falta mucho para que se implemente con cierta amplitud en algunos países del mundo. Este hongo se conoce científicamente como Pestalotiopsis Microspora, proviene del Ecuador, y se está pensando cultivar en condiciones controladas:

Y, por supuesto, se puede hacer una imitación del plástico a partir de hongos.

Incluso, en la industria del agro también se pueden encontrar grandes usos para los hongos. Se ha descubierto un hongo capaz de controlar las plagas que azotan los cultivos y que, al mismo tiempo, no afecten la vida de las abejas (es más, pueden ayudar a alimentarlas y fortalecerlas). Estamos hablando del micelio, y este es un hongo del cual se alimentan estos insectos tan importantes para el equilibrio del medio ambiente en general. Gracias al uso de este material biológico, se puede evitar la fumigación con elementos químicos nocivos, como el agente naranja usado por Monsanto, lo cual puede contribuir a la salud humana y puede evitar la extinción a gran escala de las abejas; precisamente, uno de los grandes problemas medioambientales que afrontamos en la actualidad.

Pero eso no es todo. En la industria de la moda también tienen cabida. Es posible crear materiales similares al cuero a partir de hongos comestibles como los champiñones. El material resultante es tan parecido al cuero animal, que un ojo desprevenido no notaría la diferencia. Por supuesto, este biomaterial es mucho mejor que las imitaciones plásticas del cuero, las cuales usan una gran cantidad de petróleo, polímeros y otros materiales no biodegradables, que, a la larga, terminan por afectar a los animales y al planeta entero de una manera y otra. En este caso, también se usa el micelio, se procesa, se tiñe (con materiales naturales, claro) y se convierte en una fibra muy resistente y duradera que, en caso de desecharse, podría descomponerse y aprovecharse por el suelo de forma natural.

Falta mucho por descubrir en este campo, pero lo cierto es que nunca faltarán sorpresas.