Guía básica de elaboración de cerveza artesanal (parte 3)

Este es el último post de esta serie. Vamos a aprender a modificar algunos pasos en el proceso básico que ya hemos mencionado (pale ale), para producir otro tipo de cerveza: porter con mucho sabor y notas achocolatadas que te encantará. Es un poco más fuerte y amarga que las cervezas lager o ale.

Una de las claves para elaborar este tipo de cerveza es el uso de cebadas y lúpulos más fuertes, con más carácter, que, por supuesto, le darán mucha complejidad al producto final.

Ingredientes

En cuanto a las maltas que vas a usar (para unos veinte litros de cerveza), consigue cuatro tipos diferentes, como la black patent crisp (unos trescientos gramos), una crystal crisps (trescientos gramos), una chocolate crisps (doscientos cincuenta gramos) y una perlada, que será la base (unos cuatro kilos). Añade hojuelas de avena (unos trescientos gramos).

Usa dos tipos de lúpulo. Recuerda que uno le da el amargo y el otro le da el aroma y el resto de notas. Puedes usar, por ejemplo, uno tipo inglés, como el East Kent Golding (unos cuarenta y cinco gramos) y uno americano como el Cascade (unos treinta y cinco gramos).

La levadura puede ser una de cerveza, o una activa, pero puedes preguntar en los mercados saludables de Medellín por una SAF Ale (unos veintitrés gramos).

Maceración

Si puedes, usa agua mineral. Recuerda esterilizar todos tus instrumentos (tus manos también, todo el tiempo). Muele las maltas y pésalas. Deberías tener un poco más de cinco kilos de grano molido. Usa unos dieciséis litros de agua). Calienta el agua a unos setenta grados y llévala a una nevera de camping. Vacia la mezcla de grano molido para que descienda a unos sesenta y siete grados. Revuelve bien para airear la mezcla. Cierra la nevera y espera unos noventa minutos.

Lavado

Aquí hay que usar cuatro litros de agua caliente (a setenta grados) y lavar todo el grano. Recuerda que aquí no debes perder el tiempo porque si se enfría el agua puedes dañar el proceso. Usa un colador y rocía el agua que has puesto a calentar sobre la mezcla de la nevera en forma de lluvia hasta que acabes el contenido de la olla. Luego, cuela todo el grano y vas rociando sobre él el mosto (recuerda, es el líquido turbio). Deja que caiga todo sobre la olla en donde calentaste el agua hasta vaciar todo lo que tengas en la nevera. Cuela todo el grano de nuevo y vacia todo el mosto a la nevera, lavando, y luego, todo va a la olla, pero, esta vez, cuela todo en un filtro de tela para que el mosto quede completamente limpio. Este grano se puede usar para preparar pan. No lo desperdicies: tómalo como un acto de cocina responsable.

Cocción

Vas a dejar calentar ese mosto en fuego alto durante unos noventa minutos. Con una cuchara, remueve la espuma y retírala. A los noventa minutos, añade el primer lúpulo (puede ser el americano) y espera una hora de cocción más (la olla debe estar tapada). Cuando termine, añade el otro lúpulo, apaga el fuego y vamos a enfriar la mezcla. Usa una caneca con agua helada (ojalá con hielo o con botellitas de agua congeladas) y espera hasta que la temperatura descienda a unos veinte grados. El paso final es pasar todo el contenido al fermentador a través de un filtro de tela. Vas a notar un aroma muy agradable.

Fermentación

Puedes usar un botellón de agua vacío. Una vez hayas vaciado todo el mosto de la olla a este recipiente, revuelve bien para airear la mezcla y añade la levadura. Cierra muy bien. La tapa debería tener la trampa de aire (o airlock). Recuerda añadir un poco de agua a esta trampa de aire para que puedan pasar las burbujas del CO2 que produce la levadura, pero que no entre absolutamente nada al botellón, y, así, no se arruine por completo el proceso de fermentación con agentes contaminantes indeseados (que viven en el aire que respiramos). Este proceso durará unos siete días. Notarás que ya no hay burbujas en la trampa de aire, y esta es la señal de que la levadura ha hecho gran parte del trabajo: se ha consumido los azúcares contenidos en el grano molido que has usado en la mezcla inicial, y que has separado durante el proceso de lavado.

Embotellado

Recuerda que por cada litro de cerveza embotellada, deberás usar un poco más de azúcar adicional para que la levadura termine su proceso de fermentación. Por cada litro, usa seis gramos de azúcar. Deja la cerveza embotellada durante unas cinco semanas en un lugar de tu casa en donde la temperatura no ascienda de unos dieciocho grados celsius. Luego, ya estará lista para tomar. Notarás un poco de sedimento en el fondo de cada botella: es normal, no te preocupes. Esta será una cerveza espumosa, fuerte, que se debería servir al clima.

Y bien, con esto, terminamos esta serie de tres posts sobre elaboración de cerveza artesanal. Recuerda que las posibilidades son infinitas, dependiendo de los tipos de cebada que uses, los tipos de lúpulo, los tiempos de cocción, fermentación y maceración.

Guía básica de elaboración de cerveza artesanal (parte 2)

En el post anterior, hablamos de los primeros pasos para elaborar una cerveza artesanal tipo pale ale. En este, vamos a continuar con el proceso, desde la ebullición hasta el embotellamiento del producto final. Pero antes, ¿sabías que la cerveza tiene múltiples beneficios? Siempre y cuando se tome con moderación (como todo en la vida), la cerveza puede aportarte un montón de cosas buenas, además de refrescarte y ayudarte a relajar después de un día duro. Por un lado, un vaso de cerveza al día ayuda a controlar los niveles de colesterol. Por otro, es una fuente de antioxidantes y de algunas vitaminas (como la B6), que le ayudará a tu sistema circulatorio a mantenerse sano y fuerte. De hecho, se sabe que tomar un poco de cerveza todos los días hace que tu cuerpo evite sufrir de paros cardiorespiratorios. Y bueno, también se sabe que la cerveza potencia la actividad creativa (siempre y cuando sea un solo vaso…).

Sigamos con los pasos de elaboración de tu cerveza artesanal. El resultado final será digno de los mejores restaurantes veganos de Medellín.

Ebullición

Lo que vas a hacer aquí es pasar todo el mosto, mezclado con el resto de agua caliente a una olla vacía. Recuerda que esta debería ser cilíndrica y alta, como las del sancocho en la calle. Esta forma será importante para que la fermentación se lleve a cabo en la superficie y no en las partes bajas de la olla. Es fundamental que cueles muy bien el grano que usaste en los pasos previos. Hazlo poco a poco, pero hazlo muy bien. Una vez hecho esto, ponlo en la estufa y espera unos diez minutos, hasta que empiece a hervir. Cuando esto suceda, añade el primer lúpulo (usa uno challenger, por ejemplo), y procura que sea unos quince gramos. El lúpulo es una flor que ha sido usada por milenios para la elaboración de la cerveza y es el responsable del sabor amargo (y agradable) de esta. Cuenta una hora desde que empiece a ebullir. Durante este proceso, se perderá algo de agua, pero no importa. Cuando se cumpla esa hora, apaga la estufa y añade los otros dos lúpulos (o el otro, si sólo estás usando dos tipos). Estos lúpulos adicionales son los que le darán el aroma y sabor a la cerveza, y, por esta razón, es importante que encuentres diferentes tipos de lúpulos.

Revuelve bien y sigue con el siguiente paso.

Enfriamiento

En este paso, tendrás que moverte rápido. Debes bajar la temperatura del agua lo más rápido que puedas. En la caneca más ancha, pon agua y mucho hielo. Si no quieres comprar toneladas de hielo, y también quieres reciclar un poco, puedes llenar botellitas plásticas de agua o de otros refrescos, llenarlas de agua y congelarlas. Servirán exactamente igual que muchos hielos. El punto es que necesitas agua muy fría, y, ahí, pon la olla en donde estuvo ebullendo la preparación. Espera hasta que la temperatura descienda a unos veinte grados celsius, y entonces, la mezcla estará lista para empezar el proceso de fermentación.

El grano sobrante lo puedes utilizar para hacer pan. Si no sabes cómo hacer pan, haz clic en este enlace.

Fermentación

Aquí deberás usar la otra caneca (la de menor tamaño) y el filtro de tela, el cual es una especie de gasa, y debe ser bastante grande, del tamaño de un pequeño mantel (ya verás por qué). Pon el filtro sobre la boca de la caneca y ve pasando el mosto a través de este, hasta pasar todo ese líquido. Cuando termines, revuelve rápido, y en ambas direcciones, para airear la mezcla, pues la cantidad de oxígeno en el líquido será bastante necesaria para el proceso de fermentación. Una vez hecho esto, añade la levadura. La levadura es activa, como la que se usa en panadería, y necesitarás diez gramos para esta preparación (en relación con la cantidad de grano que hemos utilizado).

Es importante que la tapa de la caneca se cierre muy bien. No debe entrar más aire que el que ya está en la caneca. Una cantidad extra de oxígeno podría dañar por completo la fermentación. Podrías usar una abrazadera, que puedes encontrar en un almacén de insumos químicos. Esa tapa debe tener un agujero en toda la mitad, y, por ahí, debes introducir la trampa de aire, o airlock, que también puedes comprar en ese lugar (o lo puedes hacer). Para abrir el agujero, sólo debes usar un taladro, y, luego, calentar un clavo grueso y ampliar un poco la abertura, hasta que pase el airlock (y este debe estar muy ajustado, para no dejar pasar el CO2 de la fermentación). Añade un poco de agua en la trampa de aire. Notarás que empieza a sacar burbujas poco a poco, y esto significa que la levadura se está comiendo los azúcares de la cebada y está expulsando gases. Aquí es donde se produce la magia. Este proceso debería durar una semana exacta, que es cuando la levadura ha dejado de trabajar..

En el próximo post, aprenderás a calcular el nivel de alcohol.

Embotellamiento

Este es el paso final. Si quieres, consigue algunas botellas de vidrio, y procura que no sean de vidrio claro (pues el vidrio oscuro ayuda a que la cerveza se conserve mejor). Esteriliza todos los envases en agua hirviendo, y, cuando estén fríos, procede a envasar. Puedes usar tapas herméticas o las de envases de cerveza (estas, así como el mecanismo para cerrarlas, se pueden comprar por internet). Añade seis gramos de azúcar morena por litro. Dependiendo de la capacidad de cada botella (mídela antes), calcula la cantidad de azúcar. Para envasar, vuelve a usar el filtro de tela, de modo que no quede ningún sedimento en las botellas. Cierra y almacena durante unas cinco semanas. La temperatura a la que deben permanecer es de dieciocho grados, como mínimo. Refrigera después de este tiempo, abre y disfruta.
En el próximo post, hablaremos de algunas modificaciones en el proceso, si deseas producir otros tipos de cerveza, como la porter.

Guía básica para elaborar cerveza artesanal (Parte 1)

El asunto del alcohol causa ciertas divisiones en la comunidad vegana. Algunos dicen que, debido a que la tolerancia a esta sustancia es mucho menor en los organismos veganos, estos no deberían consumir este tipo de productos. Otro sector de la comunidad, como PETA, dice que no sólo consumir cerveza es más saludable que tomar leche, sino que, de hecho, tomar cerveza (artesanal, preferiblemente) es bastante bueno para el organismo. Aunque todo consumo (incluso, el agua) debería hacerse con moderación, tomarse una cerveza bien fermentada cada día puede favorecer a la flora intestinal, aportarte electrolitos al igual que una bebida hidratante y nutrirte, cuando se ha elaborado con granos de calidad. Nuestros ancestros europeos (y los indígenas, también, a su manera, con la chicha de maíz) tomaron mucha cerveza a lo largo de sus vidas.

En este post, el primero de una serie de tres, veremos de manera práctica y simplificada cómo se elabora una cerveza tipo pale ale artesanal, con muy pocos elementos, de modo que la podrías preparar en casa, con un instrumental muy básico.

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Ingredientes e instrumentos

Los primeros, los podrás conseguir fácilmente en cualquiera de los mercados saludables de Medellín. En primer lugar, cebada (ojalá de dos tipos: malteada y cervecera), segundo, el lúpulo (si puedes, consigue de dos o tres tipos diferentes), media libra de azúcar morena, y, por último, la levadura activa (un sobre de diez gramos). Esta es la base de cualquier cerveza, y ha sido así por miles de años, desde que se inventó en Egipto (o, mejor dicho, se descubrió por accidente y se refinó el proceso).

Los instrumentos, además de que deberías tener algunos de ellos en tu cocina, no son difíciles de conseguir. Una nevera plástica, ollas, colador, colador de tela, una caneca plástica (de basura), una caneca más ancha (también puede ser de basura), una abrazadera, y un airlock (que puedes comprar en una tienda de insumos químicos, o incluso por internet).

Una recomendación básica: esteriliza todo muy bien para que tu cerveza sea de calidad. Evita la contaminación cruzada a toda costa.

Maceración

Este es el primer paso para empezar a extraer los azúcares del grano. Para eso, puedes utilizar un recipiente profundo y que, al mismo tiempo, mantenga una temperatura más o menos constante. Una nevera plástica (como las que se llevan a la playa) pueden ser perfectas para este propósito. Para un lote de cerveza fácil de manejar, puedes usar unos cinco litros de agua. Caliéntala en la estufa y, con termómetro en mano, espera hasta que alcance una temperatura de setenta y dos grados celsius. Deberías ser muy estricto con este tipo de variables porque se necesita una temperatura entre sesenta y siete y sesenta y nueve grados, la cual es perfecta para el proceso de fermentación, y a esto descenderá la temperatura del agua una vez añadas el grano. Lo siguiente será añadir el grano. Procura meter un tipo de cebada a la vez, y revuelve muy bien y muy despacio, pues, de esta manera, el agua caliente va a desprender los azúcares de la cebada y esto será particularmente importante cuando añadas la levadura después (estos azúcares serán su alimento). Mide la temperatura de nuevo: debería estar alrededor de sesenta y siete grados celsius. Una vez te cerciores de esto (y, por esto, no debes perder ni un segundo durante el proceso), tapa el recipiente y deja que el grano permanezca en contacto con el agua caliente mientras vas haciendo otras cosas.

El lavado

En este paso, controla muy bien las cantidades y temperaturas para no afectar el resultado. Pon a calentar más agua, unos diez litros, en una olla que, además de ser cilíndrica, debería ser alta (como las que se usan para preparar sancochos caseros en la calle). Espera hasta que el agua alcance una temperatura de setenta y cinco grados celsius (se puede subir hasta setenta y siete, máximo). Esta agua terminará de extraer los azúcares de los granos que han permanecido en maceración en la nevera. Lo que debes hacer es usar un recipiente adicional, ir sacando el grano de la nevera, y lo vas depositando sobre un colador. Deja que el líquido caiga sobre el recipiente adicional. Este líquido se llama mosto, y es, básicamente, la esencia de la cerveza. No lo botes por nada del mundo.

Cuando termines de colar, vuelve a depositar el grano en la nevera, y, poco a poco, añade el agua que acabaste de calentar. Es importante compensar el agua caliente que se ha perdido durante el proceso de lavado. Y luego, pues repites el proceso: vuelves a sacar el grano, lo cuelas, depositas el mosto en el recipiente adicional, devuelves el grano a la nevera y añades más agua caliente de la olla. Repite esto hasta que acabes con los diez litros de la olla. Así, se extraerá todo el azúcar posible. Recuerda, de nuevo, no perder tiempo para trabajar con agua caliente.

Cuando hayas pasado toda el agua caliente de la olla, añade todo el mosto a la nevera, revuelve bien, y entonces, seguimos con el paso siguiente.

En el próximo post de esta serie, hablaremos del proceso de ebullición, el enfriamiento, la fermentación y el embotellado. No te lo pierdas.

De las luciérnagas, su peligro y cómo ayudarlas

Es frecuente escuchar el mismo comentario respecto a las luciérnagas: ¿en dónde están? Hace años, en diferentes partes del mundo, las noches en el campo (y en las afueras de las ciudades) se adornaban con cientos de miles de lucecitas en la oscuridad. Muchos niños, de manera irresponsable, introducían a las luciérnagas en frascos de vidrio para observarlas mejor, maravillados por las reacciones químicas que estas producen para emitir una débil luminiscencia. Con el avance de la civilización, las poblaciones de luciérnagas en todo el mundo han disminuido de forma preocupante, y esto, a su vez, ha traído consecuencias medioambientales.

En este post, hablaremos sobre las luciérnagas, sobre su importancia en el ecosistema, los peligros que las amenazan y qué puedes hacer para contrarrestarlos y ayudar a estos insectos a reproducirse y vivir de mejor manera.

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Las luciérnagas son escarabajos nocturnos que, en estado larvario, se alimentan de gusanos y de babosas (lo cual mantiene un equilibrio ecológico), y en estado adulto son grandes polinizadoras de miles de especies de plantas. Esto hace que para muchos biólogos, la presencia de luciérnagas en un bosque sea un excelente indicador de biodiversidad y de salud, pues estos insectos son bastante sensibles a varias formas de contaminación. En primer lugar, a los gases contaminantes que se producen por el consumo de combustibles fósiles; en segundo lugar, a los pesticidas en los cultivos y en los jardines, y, en tercer lugar, a la contaminación lumínica.

Esta última es quizás la más dañina para estos insectos y es un fenómeno al cual la gente no suele prestarle mucha atención. La contaminación lumínica se produce por el exceso de luces durante la noche, de modo que las zonas de sombra, que por millones de años se han mantenido oscuras después de la puesta del sol, ahora tienen mucha luz (sobre todo, gracias a las nuevas tecnologías, como las luces LED). Debido a que cada día construímos más en zonas que anteriormente fueron boscosas, estamos llevando mucha luz a esos lugares. Las luces de las calles, de los vehículos, de los hogares… todo eso interfiere en el ritual de apareamiento de las luciérnagas. Este último consiste en que los machos encienden una luz en la oscuridad para llamar a las hembras, y estas responden con otra, hasta que se encuentran. Cuando hay mucha luz de por medio, las luciérnagas no pueden enviarse estas señales, entonces no se reproducen y mueren sin haber cumplido el ciclo natural de cualquier ser vivo.

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Estas bajas poblacionales traen a su vez otros problemas. Debido a que las luciérnagas hacen parte de una cadena alimenticia, dejan de atacar a las babosas y a ciertos gusanos, y algunos insectos y mamíferos (como ciertas especies de murciélagos) dejan de comérselas. Esto desequilibra las cosas, como en todos los ecosistemas.

Por esta razón, muchas personas alrededor del mundo están tomando iniciativas ecológicas para ayudar a frenar esta extinción. De hecho, existe una forma de turismo de luciérnagas, que consiste en visitar ciertos lugares de noche con el único propósito de ver grandes poblaciones de estos insectos. Veamos algunas de las medidas que puedes tomar para ayudar a que estos maravillosos escarabajos no desaparezcan en nuestro planeta.

Lo primero es evitar cortar tanto el pasto. Aunque a muchas personas no les gusta ver el pasto creciendo de forma salvaje en sus jardines o en sus casas rurales, lo cierto es que las hembras de las luciérnagas suelen descansar en la parte alta del pasto, y buscan no estar muy cerca del suelo. Si no quieres que todo el pasto de tu jardín esté muy alto, por lo menos destina una sección del mismo para que crezca alto y albergue a estos insectos, así como a otros (saltamontes, por ejemplo), que son el alimento de muchas especies de pájaros.

Lo segundo es evitar encender tantas luces exteriores. Busca encender solo las necesarias (no necesitas tantas, en realidad), para permitir que las luciérnagas se encuentren y se sigan reproduciendo. Apaga algunas luces y crearás las condiciones apropiadas para ello.

Por otro lado, evita usar insecticidas y plaguicidas de uso industrial, pues lo único que harás es acabar con ellas, así como con las abejas. Usa insecticidas naturales (hay muchos), que también son efectivos e incluso los puedes hacer tú mismo en casa.

Algo que también puedes hacer es apilar un poco de leña en el jardín. Resulta que las larvas de las luciérnagas crecen y se alimentan en la madera, especialmente, debajo de la corteza de los árboles. Consigue un poco de leña, apílala en un rincón, y esto será un pequeño “kindergarden” para las pequeñas luciérnagas. No te cuesta nada, en realidad.

De igual manera, puedes construir una fuente en tu jardín. Las luciérnagas prefieren los lugares húmedos, y una fuente es un ambiente perfecto para atraerlas. Muchos otros animales se beneficiarán de esto, y, si la mantienes en movimiento, los mosquitos no se reproducirán ahí.

Por último, siembra árboles nativos. Esto es vital para mantener un ecosistema sano: diversidad de árboles nativos. Esto atrae a la comida de las luciérnagas, y a sus depredadores. Mantener un ecosistema en equilibrio requiere un poco de trabajo constante, pero es cuestión de poner en práctica un principio básico: la introducción de diversidad de especies nativas será un sinónimo de salud medioambiental.

Tacos veganos (y muy mexicanos)

Los tacos, como cualquier otra comida rápida, pueden ser veganos, deliciosos y saludables. Lo más agradable de preparar tacos es que puedes invitar a varias personas, dejar los ingredientes servidos en la mesa, junto a las tortillas, y dejar que todos se sirvan a su gusto. En este post, hablaremos de cómo preparar las tortillas, un buen relleno y una salsa taquera que lo acompañará muy bien. Así, tendrás en tu mesa un plato digno de uno de los mejores restaurantes veganos de Medellín, perfecto para una tarde con familia o amigos. ¡No olvides una buena margarita!

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Las tortillas

Lo más fácil será siempre conseguir tortillas de maíz nixtamalizado (es decir: maíz con cal). Si quieres preparar buenos tacos, no uses tortillas de harina de trigo, ni las que se usan para la comida tex-mex. Los tacos mexicanos de verdad están hechos de maíz con cal. Si no logras encontrar este tipo de tortillas (busca en los mercados saludables de Medellín), también las puedes hacer. Será un poco extraño, si no estás acostumbrado a la comida mexicana, pero prepararlas será toda una experiencia. Para esto, necesitarás maíz en grano (el que más te guste, un kilo está bien), agua (tres litros) y cal viva (diez gramos). Esta última, la puedes conseguir en donde se vendan insumos químicos orgánicos (pregunta por una que sea apta para el consumo humano).

Lo primero será poner el maíz en una olla y vertir el agua (debería sobrepasarlo en tres veces su volumen). A un lado, pon la cal en un recipiente y añade agua poco a poco. Revuelve y viértela en la olla del maíz. Debido a la alcalinidad de la cal, siempre será mejor usar guantes, pues tu piel podría ser muy sensible. Deja hervir el maíz con el agua y la cal, y espera a que el agua entre en ebullición. Cuando esto suceda, deja reposar la olla lejos del fuego, tápala y espera hasta el otro día. Notarás que las cáscaras del maíz se han desprendido del grano. Este es el resultado del proceso de nixtamalización. Es una reacción química que le dará al maíz un buen sabor, le desprenderá su cáscara y lo lo hará más digerible.

Retira el exceso de agua y muele en un molino (eléctrico o manual), hasta tener una masa uniforme. De ahí, lo que harás es hacer pequeñas bolitas, aplanar con un rodillo y cortar en redondo (como para hacer una empanada). La tortilla no debería ser muy grande (que no llegue a los bordes de tu mano). Y listo.

El relleno

Lo mejor será ofrecer por lo menos tres opciones, para que cada quien se sirva como quiera, o también pueda tener tres tipos de tacos distintos. Puedes preparar unos champiñones al ajillo, unos fríjoles refritos y unos garbanzos enchilados.

Los champiñones son fáciles: pon un poco de mantequilla de canola en una sartén, luego, dos dientes de ajo triturados, una pizca de tomillo y sal, y un chorrito de vino blanco. Luego, media libra de champiñones en láminas. Revuelve hasta que se hayan encogido un poco (pero no demasiado) y retira del fuego.

Los fríjoles refritos son muy fáciles. Prepara fríjoles, o recalienta unos que ya tengas listos (quedan mejor). Caliéntalos en una olla, añade un poco de pimienta negra, comino en polvo, ají en polvo, una pizca de canela y un poco de perejil. Cuando estén calientes, vuélvelos puré. Listo. Si puedes, usa los caraotas (o negritos), pero te pueden servir de cualquier tipo.

Los garbanzos enchilados no son difíciles. Pon a remojar garbanzos toda la noche, cambia el agua, ponlos en la olla de presión con agua y sal, y déjalos pitar durante una hora. Retíralos del fuego, sácalos y ponlos en una sartén con un poco de aceite y ajo, y añade ají en polvo, pimentón rojo, sal, pimienta al gusto y orégano. Si los quieres muy mexicanos, busca un chile pasilla y un chile guajillo, córtalos en julianas, sofríelos con ajo y aceite, lícualos y úsalos como salsa.

Finalmente, los tacos en México siempre se suelen acompañar con lechuga picada y cebolla en julianas. Si no quieres que la cebolla esté muy fuerte, déjala en agua toda la noche, o en agua caliente durante unos quince minutos.

La salsa

Esta receta se conoce como salsa verde, y es bastante popular en México para acompañar los tacos. Si no la quieres muy picante, añade menos ají, pero déjale un poco de picante, pues esto le dará un tremendo sabor al taco.

Necesitarás tres ajíes jalapeños (si quieres una salsa más fuerte, busca “chiles de árbol”), un diente de ajo, seis tomates verdes, un manojo de cilantro, un cuarto de cebolla blanca, un aguacate entero, sal y pimienta al gusto.

Lo primero, será sofreír el ajo, los tomates y el ají (en julianas) hasta que todo se dore un poco, pero que no se queme para no amargar la preparación. Luego, en la licuadora, añade la cebolla, el aguacate, el cilantro, un poco de agua y mézclalo todo. Después, añade lo que has sofrito en la sartén. Mezcla bien y sirve. Puedes añadir el zumo de medio limón.

5 Electrolitos que necesitas para mantenerte hidratado (y sus fuentes)

Durante las temporadas de calor perdemos mucha agua, pero también electrolitos, y una pérdida excesiva de estos puede conllevar a una deshidratación severa y a problemas musculares serios. Si bien es bastante aconsejable tomar alrededor de ocho vasos de agua al día, el agua no es la mejor opción para hidratar tu cuerpo de manera adecuada. De hecho, tomar mucha agua cuando has estado perdiendo electrolitos (por ejemplo, durante una fiebre alta) puede provocar una peor deshidratación debido a la orina frecuente que se produce. El agua es buena para muchas funciones corporales, y, entre otras cosas, ayuda a distribuir las grasas, a limpiar los riñones o a producir sangre; pero la hidratación depende más de los alimentos que consumes. Tal vez lo hayas notado en algunos de los restaurantes veganos de Medellín: existen menús de comidas y de jugos para hidratar. Pues bien: hoy aprenderemos un poco más sobre los alimentos que debes comer para suplir esos electrolitos que tanto necesitas, seas deportista o no, estés enfermo o sano, estés al sol o a la sombra. Conócelos y aprende a cocinar con ellos.

Calcio

Aunque este es abundante en nuestro organismo, necesitamos un consumo frecuente de este mineral. Gracias al calcio, los músculos pueden realizar una de sus funciones básicas: contraer y extender sus fibras, pero el cuerpo también aprovecha este mineral (entre otras cosas) para reconstruir permanentemente los huesos. Recuerda que todo el tiempo mueren y nacen células en todos los tejidos, y estas necesitan minerales para “hacerle mantenimiento” a los tejidos que componen los órganos. Las personas omnívoras buscan el calcio en los lácteos, pero en realidad esta no es la mejor fuente. Puedes encontrar abundante calcio en las espinacas, en las algas (como la spirulina), en el repollo, en el tomate, en la naranja, en las almendras, en la chía y en las hojas de coca.

Sodio

Como todo en la vida, hay que evitar los excesos. Una cantidad sobreabundante de sodio puede ocasionar problemas de presión arterial, cálculos renales y otros líos de salud; pero una falta de sodio puede provocar deshidratación. Cuando sudamos, este es uno de los minerales que se elimina más rápido, y, por eso, debes saber en qué alimentos encontrarlo y cómo consumirlo de manera saludable. Las aceitunas (sobre todo, gracias a su salmuera) son una buena fuente, pero también puedes intentar comer más acelgas, alcachofas, espárragos, apio, espinacas (que ya mencionamos al hablar de calcio), remolachas y zanahorias. Sobre todo, consume estas verduras crudas y cocidas de manera alternada: recuerda que algunos alimentos tienen diferentes propiedades nutricionales dependiendo de si están cocidos o no. 

Magnesio

Este mineral, junto al calcio, es fundamental para la correcta formación y estructuración de los huesos del cuerpo. A su vez, cumple una importante función en la capacidad de absorción de energía en las células de diversos tejidos del cuerpo, está presente en la formación de cadenas proteicas y es necesario para mantener en perfecto estado los músculos que hacen parte del corazón. ¿Dónde encuentras magnesio? En primer lugar, busca alimentos verdes, como la lechuga, el cilantro, el perejil, el brócoli, los germinados o los pepinos. El limón y la naranja (pero todos los cítricos, en general) son buenas fuentes de magnesio, las cebollas largas (más que nada, en la parte verde) y en algunas nueces como las almendras, los marañones y el pistacho. Las leguminosas como las arvejas, los fríjoles y las lentejas también pueden aportarte magnesio. Recuerda variar tu dieta y hacerla muy bien balanceada. Aprende a combinar tus alimentos para aprovechar todas sus propiedades.

Cloruro

Este es uno de los electrolitos más importantes porque mantiene los líquidos corporales en un balance saludable y es uno de los componentes que necesita el cuerpo para la formación del ácido clorhídrico presente en los jugos gástricos. Puedes encontrar cloruro (no cloro, ojo) en la sal de cocina, pero también en las algas, el tomate, la lechuga, la espinaca, las alcaparras, las aceitunas, el apio y algunos cereales como el centeno. Es importante consumir la cantidad adecuada de este mineral, sin excesos ni carencias. En adultos de catorce a cincuenta años, por ejemplo, lo recomendable son 2,3 gramos diarios.

Potasio

Este mineral está presente en una amplia gama de alimentos, no sólo en el banano, como muchos suelen creer. Su importancia radica en que ayuda a mantener un equilibrio (junto al cloruro) en los niveles de líquido del cuerpo, pero es fundamental para mantener la presión arterial en un balance sano. También es importante para el sistema musculatorio, en la medida en que se necesita para la adecuada contracción muscular. Puedes encontrar potasio en todos los tipos de plátanos (el guineo es muy recomendable), en la papaya, en el camote, en el mango, en los fríjoles, en el calabacín, en el melón, en el maní, las ciruelas, la coliflor, el aguacate, la piña, la sandía los champiñones y los duraznos.

Alimentos y recetas para combatir enfermedades respiratorias

Sabemos que durante los cambios de clima, las enfermedades que afectan el sistema respiratorio son frecuentes. La tos, la gripa, la bronquitis, la laringitis… son bastante comunes durante esta época del año. Pero eso no es todo. Sabemos que en la actualidad hay una incipiente epidemia en China, proveniente de la ciudad de Wuhan, conocida popularmente como coronavirus. Se sabe que es bastante infeccioso, que se transmite de persona a persona tal y como se transmite cualquier otra forma de gripe. Con este post, la idea no es generar pánico, sino dar a conocer algunos alimentos y recetas que pueden complementar muy bien los tratamientos (sobre todo, los preventivos) en contra de este tipo de males.

Ver también: Productos y hábitos saludables para fortalecer tu sistema inmunológico

Té de saúco

Esta planta se encuentra en muchos lugares del mundo, y puedes encontrar extractos, flores secas y remedios naturales en los mercados saludables de Medellín. Es una excelente medicina para controlar los síntomas de la gripe y la tos, pero tiene muchos más usos medicinales (es laxante, por ejemplo). Lo que debes hacer es preparar una infusión de la siguiente manera: pon a hervir agua en una olla y espera a que el agua llegue al punto de ebullición. Cuando esto suceda, añade las flores del saúco (no comas los frutos, que son tóxicos) y deja hervir durante unos cinco minutos. Luego, deja enfriar un poco el agua y sirve con un poco de limón y el endulzante de tu preferencia (miel de caña, por ejemplo). Toma tres tazas al día, durante unos dos o tres días.

Té de bugambilias

Esta planta, conocida en nuestro país como curazao, veranera o biflora es muy buena para tratar problemas respiratorios y para bajar la fiebre. Para preparar esta infusión, debes hacer lo mismo que con las flores del saúco. Sólo recuerda lavar bien las flores antes de la preparación, no usar flores viejas o mordidas por insectos y procura que la planta no haya sido fertilizada con sustancias artificiales, como la de florescencia, que venden en supermercados y viveros. El consumo es igual que con el saúco: tres tazas al día, durante dos o tres días.

Té de jengibre

El jengibre, además de ser un poderoso expectorante, tiene propiedades antibacterianas y antivirales. Es muy bueno para fortalecer el sistema inmune. Lo que debes hacer es tomar una pequeña raíz, pelarla, cortarla en trozos, hervir agua, y cuando esta esté hirviendo, agregar el jengibre. Puedes acompañarlo con trozos de fruta picada para darle otro sabor, y acompañar con un poco de zumo de limón. Es muy bueno para cuando tienes congestión nasal y muchas flemas, pero se debe tomar caliente.

Té de pino

Este té es muy popular en los países nórdicos, en donde se han aprovechado las propiedades medicinales de este árbol durante siglos. Lo que debes hacer es cortar una ramita de pino (pátula o ciprés), y hacer una infusión igual a las anteriores: hervir agua y agregar el producto cuando esté en ebullición. El agua tomará un color verdoso y se volverá muy aromática. Este producto contiene muchos antioxidantes y vitamina C, pero no debes abusar de este debido a las resinas que tiene el pino, que pueden ser tóxicas cuando se toma este té en exceso.

Sopa de zanahoria con cúrcuma y pimienta

Esta sopa, además de ser vegana y deliciosa, es bastante buena para controlar las inflamaciones debido a las propiedades medicinales de la cúrcuma. Pero como el cuerpo no puede aprovechar por sí solo todas las propiedades antiinflamatorias de la cúrcuma, debes echarle una mano, y esto se hace añadiendo pimienta negra. Para esta sopa, necesitarás dos zanahorias, un diente de ajo, una cucharada de cúrcuma, una de pimienta negra molida, sal y un poco de caldo (o fondo de verduras). Lo primero que debes hacer es pelar las zanahorias y cortarlas en rodajas. Pon un poco de aceite en una sartén, exprime el ajo y sofríelo durante un minuto. Luego, añade las zanahorias en rodajas y dóralas un poco. Después, añade la cúrcuma, la pimienta y la sal. Después de cinco minutos, pon todo en la licuadora y añade un poco de agua y el caldo (o el fondo). Si la quieres espesa, no añadas mucha agua y reduce después.

Luego, pon todo en una olla, y revisa los niveles de sal y pimienta. Tómala con algunas rodajas de pan.

Jugo de apio, manzanilla y agua de coco

Este jugo es muy bueno en caso de que la infección te esté causando muchos malestares. Puedes notar si tienes una infección respiratoria si notas que las flemas tienen un color amarillo. Este jugo será muy bueno para complementar cualquier tratamiento en contra de una infección bacteriana o viral. Necesitarás dos tallos de apio, un sobrecito de té de manzanilla y cien mililitros de agua de coco.

Mete los ingredientes a la licuadora, y, si necesitas más líquido, añade agua. Cuando tengas una mezcla homogénea, cuela el jugo y tómalo dos veces al día: por la mañana, en ayunas y antes de acostarte.

Recuerda que estos alimentos y recetas no son remedios, ni reemplazarán cualquier tratamiento médico. Son recomendables para prevenir la gripe y para complementar los tratamientos profesionales.

Receta vegana: Tofu marinado y curry, un reto de la condimentación

Seguramente, has visto platos de curry en los restaurantes veganos de Medellín. Si te gustan las buenas combinaciones de condimentos, tal vez te guste pero también puedes cocinarlo tú mismo en media hora. Lo más agradable de este plato no es que resulta bastante aromático, sino que se puede ejecutar sin muchas complicaciones y los ingredientes no son difíciles de conseguir. Además, es perfecto para preparar una buena cantidad, utilizar un poco en el almuerzo y congelar para después.

En este post, aprenderemos a preparar un curry con arroz y tofu salteado. No necesitas ser un cocinero experimentado para ejecutar este plato en menos de media hora. Lo único que necesitas, además de los ingredientes, es ser cuidadoso con el punto de cocción del arroz (que tanta gente subestima) en caso de que no tengas una olla arrocera.

Lo primero es precisar algo. Curry no es más que un conjunto de especias. Hay muchos tipos de curry (cada región de la India tiene su propia versión), pero uno muy básico es el que, precisamente, usaremos en esta ocasión. La idea es crear una salsa espesa que le dará sabor tanto a la proteína (el tofu) como al arroz.

Vas a necesitar media libra de tofu (si lo encuentras preparado, muy bien, pero si lo quieres preparar desde cero, he aquí un buen artículo), dos cebollas blancas, veinticinco gramos de jengibre rallado (o en polvo, si lo prefieres), dos dientes de ajo, un ají jalapeño, una libra de tomates de aliño, una cucharada de aceite de coco, una cucharadita de cúrcuma, una cucharadita de comino, una cucharadita de canela en polvo, una cucharadita de clavos, un puñado de cilantro, una hoja de laurel, ciento cincuenta mililitros de agua, arroz, aceite, sal y pimienta.

Si no quieres usar tofu, puedes usar garbanzos, y, en ese caso, lo único que tienes que hacer es dejarlos remojar desde la noche anterior, y ponerlos en la olla de presión con agua y sal. Luego, cuando estén listos, los sofríes en una sartén con un poco de aceite, ajo, sal y tomillo. Si quieres usar tofu, lo que puedes hacer es hacer pequeños buñuelitos, marinarlos en salsa de soya con un poco de panela en polvo, y al otro día, sofreírlos igual que los garbanzos: con un poco de aceite, ajo y sal. Si le quieres espolvorear una pizca de tomillo, hazlo.

Pela las cebollas, el jengibre, el ajo y el ají jalapeño. Si no quieres que tu curry sea tan picante, quítale las venas blancas y las semillas. Pela los tomates y pícalos en cubitos. Debido a que los tomates tienen mucha agua, lo que puedes hacer es reducir el curry más tarde en la estufa. La idea es que todos estos ingredientes vayan a la licuadora y se vuelvan una pasta muy aromática y fuerte de sabor. 

Luego, el arroz. Cuidado con esto, porque la idea es que el arroz quede un poco simple, para poder hacer un contraste con el tofu (o los garbanzos) y el curry, que tendrán mucha potencia de sabor. En la gastronomía, al igual que en cualquier rama del arte, la idea es saber crear balances (texturas, sabores, colores, olores, etc.). Recuerda la fórmula básica: dos tazas de agua por una de arroz. Lava el arroz antes de prepararlo para quitarle el almidón que lo recubre y baja el fuego cuando se evapore casi toda el agua. Y, eso sí, no lo muevas para que no quede “masacotudo”.

Calienta el aceite de coco en una sartén y saltea las cebollas a fuego lento hasta que estén transparentes. Agrega el jengibre, el ajo y el jalapeño, y sofríe esa mezcla durante un minuto aproximadamente. Hazlo en fuego alto, para que ese minuto sea suficiente. Ahora, agrega el tomate partido en cubos, la sal, la pimienta, y el resto de condimentos. Prueba de vez en cuando, para que el curry sea balanceado. La idea es que esos condimentos se complementen, no que compitan en boca. Sofríe durante unos diez minutos en fuego medio y espera a que se reduzca un poco el curry (ya sabes, por lo del tomate…).

Retira la hoja de laurel y agrega el agua, en caso de que se te haya pasado de espeso. Licua toda esa mezcla hasta conseguir una sustancia homogénea, y viértela de nuevo en la sartén. Ahora agregue el tofu en buñuelitos (o los garbanzos) y cocina a fuego lento durante unos diez minutos. Si lo deseas, puedes añadir un poco de perejil al servir, escurrir un poco de zumo de limón y algo de paprika. La manera de servir es hacer una cama de arroz, con el tofu o los garbanzos encima. Como el curry puede ser bastante fuerte, lo mejor es servir un poco cada vez.

La mejor bebida para acompañar este plato es con algo dulce y fresco, como una limonada de pepino, con un poco de panela en polvo.

Que lo disfrutes.

Tip vegano: Menú francés de tres tiempos (para una ocasión especial)

La gastronomía francesa es tan respetada y deliciosa, que ha sido declarada patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO hace diez años. Durante mucho tiempo, ha sido uno de los principales referentes para chefs profesionales, así como para los maestros y los estudiantes de gastronomía en todo el mundo. Su dificultad, su precisión, y, sobre todo, su riqueza culinaria, son características básicas de la cocina francesa. Aunque, tradicionalmente, muchos platos llevan ingredientes de origen animal (muchos quesos, muchas carnes, mucho huevo…), es posible adaptarlos al modo vegano. En este post, aprenderás a preparar un menú muy básico (pero irresistible) de tres tiempos que incluye una sopa de cebolla, un ratatouille y un creme brulee, que podrás reservar para una ocasión especial. Empecemos.

Ver también: Ñoquis de papa: la cena exquisita que te mereces

Sopa de cebolla

La soupe à l’oignon es tan vieja como las antiguas catedrales de piedra. Es de origen humilde, pero que terminó refinándose con el tiempo hasta convertirse en un plato típico del país galo. Para esta deliciosa sopa, necesitarás un kilo de cebolla (ojalá morada, y de las pequeñas), cinco cucharadas de aceite de oliva, doscientos mililitros de vino blanco seco, ochocientos mililitros de caldo de verduras, una cucharadita de tomillo seco, una cucharadita de azúcar, unas rodajas finas de pan francés, tres cucharadas de queso vegano (el que más se te parezca al Gruyere), dos pizcas de nuez moscada molida y sal y pimienta al gusto.

Prepararla toma un poco de tiempo, pero no es difícil, en lo absoluto. Lo primero será pelar y cortar las cebollas en rodajas finas. Luego, calienta el aceite en una sartén a fuego alto. Cuando el aceite esté caliente, reduce el fuego a bajo y pon las cebollas. Sofríe por una media hora, revolviendo cada cinco minutos. Agrega el vino, la nuez moscada, la sal y la pimienta, el tomillo y el azúcar. Mezcla bien y continúa cocinando durante otra media hora, siempre a fuego lento. La preparación se dorará y se volverá un poco pegajosa: es normal, y así debe quedar. Luego, vierte el caldo de verduras y cocina a fuego lento durante otros veinte minutos. Si notas que la sopa está demasiado espesa, agrega un poco de caldo hasta que quede como te guste.

Luego, el emplatado. Recuerda que la comida francesa es refinada: haz que entre por los ojos. sírvela en platos hondos blancos, pon rodajas de pan francés y espolvorea una cucharada (o más) de queso rallado encima. Precalienta el horno arriba y abajo en 150 grados y deja los platos ahí por tres minutos. Sirve.

Ratatouille

Tal vez viste la película de Disney te llamó la atención. Tal vez lo has probado en uno de los restaurantes veganos de Medellín. En cualquier caso, puedes aprender a preparar uno estupendo, y, para esto, necesitarás un kilo de tomates de aliño, novecientos gramos de calabacín amarillo, una libra de berenjenas, un pimentón amarillo, un pimentón rojo trescientos gramos de cebolla blanca, cuatro dientes de ajo, dos ramitas de tomillo, una ramita de ajedrea (que podrás conseguir en los mercados saludables de Medellín), dos hojas de laurel, cuatro ramitas de perejil, aceite de oliva, sal y pimienta al gusto.

Lo primero será sangrar las berenjenas: córtalas en rodajas, cúbrelas de sal por ambos lados y déjalas sobre un colador hasta que expulsen todo el jugo amargo. En segundo lugar, lava los tomates y dejarlos durante cuarenta y cinco segundos en agua hirviendo (escalfar), y, entonces, quítales la cáscara. Luego, los cortas en rodajas. En una sartén grande, ponlos a sofreír en aceite de oliva, agrega el ajo picado y las hierbas. Cocina a fuego lento hasta obtener una sustancia espesa. Durante este tiempo, revisa las berenjenas y pela el calabacín, córtalo en anillos y déjalo en platos separados. Espolvorea con sal para que se escurran. En una sartén, pon tres cucharadas de aceite y saltea las cebollas, previamente peladas y cortadas en trozos, a fuego medio, sin dejar que se doren demasiado. Luego, toma los pimentones, pélalos, quítale las venas y las semillas, y córtalos en julianas gruesas y sofríelos durante cinco minutos en aceite de oliva. Luego, lava las berenjenas y sofríelas con el calabacín y cocínalas por separado. A medida que cada verdura alcance su nivel de cocción (por eso es importante sofreír por separado), vierte el contenido de la sartén en una olla. Cocina a fuego bajo sin cubrir, revolviendo lentamente. El ratatouille está listo cuando las verduras han perdido toda su frescura. Retira las hierbas, y salpimienta al gusto.

Creme brulee

Para este postre, necesitarás cien mililitros de leche vegetal (usa cincuenta de almendras y cincuenta de coco), doscientos mililitros de crema de soya o de arroz, 2 pizcas de gelatina vegetal (revisa bien la caja, para no llevarte sorpresas…), una cucharadita de maicena, cincuenta gramos de azúcar morena y una cucharada de esencia de vainilla.

Pon la leche vegetal en la sartén a fuego medio. Bate el azúcar, la maicena, la vainilla, la soya o la crema de arroz. Cocina por un minuto mientras bates toda la mezcla. Con un tenedor, recoge las natas que se formen en la superficie. Añade la gelatina vegetal y cocina durante unos dos minutos sin dejar de batir. Espera hasta que hierva y apaga la estufa. Añade la maicena, revuelve y deja enfriar. Busca un envase circular (ojalá de cerámica). Deja la mezcla en la nevera por una hora. Espolvorea el azúcar morena de manera uniforme sobre toda la superficie, así como por el borde del envase, y, con un soplete de cocina, derrite el azúcar hasta formar una corteza gruesa (sin quemarlo, ojo). Y listo.

Bon appétit!

Recetas españolas: veganas y sabrosas

Desde los años setenta, España se ha convertido en un destino turístico y gastronómico por excelencia, y la comida española se ha vuelto un referente mundial en cuestiones culinarias. No en vano, siempre podemos encontrar algún plato español en los restaurantes veganos de Medellín. No sólo por la riqueza de ingredientes, debido, en parte a la mezcla de culturas que ha tenido este país, sino por la manera en que se han refinado muchos platos, la comida española sigue siendo una de las mejores opciones para los cocineros expertos y aficionados. Aunque la cocina española contiene mucho cerdo, mariscos y quesos, la comunidad vegana de este país ha hecho todo lo posible por replicar sus platos de manera que estén libres de ingredientes de origen animal. En este post, vamos a ver tres sencillos ejemplos: el gazpacho, la coca catalana y el cocido gallego.

Ver también: Delicioso: ¡Guiso de frijoles blancos al estilo español!

Gazpacho

Esta sopa fría es maravillosamente refrescante, vegetal y especialmente sabrosa con baguette u otro pan para mojar. Perfecta para los días calurosos. Los pimientos frescos, las cebolletas y el aguacate completan el sabor del gazpacho y, gracias al procesamiento crudo, se conservan todas las vitaminas y nutrientes. Es muy fácil de hacer, y la puedes tener lista en menos de quince minutos.

Para tu gazpacho vegano, necesitarás un pepino, un pimentón amarillo (sin semillas y cortado en cubitos), dos dientes de ajo en trozos, un aguacate en trozos, dos cebollas en aros, un puñado de menta, ciento cincuenta mililitros de yogur vegano (del que más te guste), dos cucharadas de vinagre balsámico y un ají jalapeño (no muy grande). Sal y pimienta al gusto.

Para preparar debes cortar el pepino en trocitos, hacer puré todos los ingredientes y mezclar hasta conseguir una sustancia homogénea y cremosa. Si no quieres tu gazpacho muy espeso, añade agua, si lo quieres con más cuerpo, añade más yogur. Deja la preparación en la nevera durante un par de horas y sírvelo frío. Acompaña el gazpacho con rebanadas de pan francés.

Coca catalana

Es importante que no confundas esta receta con la pizza. Tampoco es una focaccia italiana. Es un punto medio, por lo menos, en términos de masa. La idea es que la preparación quede alargada, en forma de óvalo, y con cierta concavidad. Que sea crocante, y, a la vez, tenga suavidad en su interior. Para esto, necesitarás harina, agua, sal, un calabacín, cuatro tomates de aliño (o secos, si lo prefieres), una cebolla puerro, veinte gramos de piñones, aceite de oliva y pasta de tomate (la que usas para la pizza, puede ser).

Amasa la harina, el agua y la sal hasta que tengas una masa como para pizza. Déjala en forma alargada, y sobre un molde hondo. Corta los ingredientes en rodajas y saltéalos en aceite de oliva. Luego, riega un poco de pasta de tomate, pon los ingredientes salteados, y mete la coca en el horno (precalentado a doscientos cincuenta grados), y déjala durante unos quince minutos. Esta receta permite todas las variaciones que se te ocurran.

Cocido gallego

Este es uno de esos ejemplos de recetas ibéricas que se desdibujaron un poco al llegar a nuestro territorio en tiempos coloniales, básicamente, porque los españoles no tenían a la mano los ingredientes originales, e improvisaron con lo que encontraron. Al estudiar un poco las recetas españolas (y sucede lo mismo con las indígenas y africanas: las otras dos razas de las cuales somos herederos culturales), podemos trazar un origen gastronómico. El cocido (gallego, madrileño, andaluz, etc.) terminó en nuestras mesas y evolucionó a su manera (como el boyacense, o el mismo sudao). Este plato es fácil de hacer, puede ser bastante nutritivo y sabe muy muy bien. Veamos.

Para esta receta, necesitarás una libra de garbanzos, medio repollo morado, tres dientes de ajo, dos cebollas de huevo, una cebolla larga, un pimentón maduro, media libra de zanahoria, cuatro papas (capiras), un rábano, un tallo de apio, el embutido vegano de tu elección, caldo de verduras, sal y pimienta al gusto.

Lo primero será dejar remojando los garbanzos en agua toda una noche (cámbiales el agua, no lo olvides). Al otro día, ponlos en la olla de presión con una de las zanahorias, un poco de ambas cebollas, un diente de ajo, un poco de caldo, sal y pimienta. Déjalos por lo menos una hora. En una olla aparte, pon a hervir las papas (en cubos), el repollo (cortado en julianas), el resto de las zanahorias (en rodajas), el resto de las cebollas y el rábano. Pon a cocinar todo esto durante unos treinta minutos. Al cabo de este tiempo, retira el caldo de ambas ollas (este te servirá como fondo en una preparación posterior). En una sartén, sofríe tus embutidos con los dientes de ajo restantes, el pimentón en julianas y un poco de sal. En un plato hondo, organiza todos los ingredientes cocidos y el sofrito. Y listo.